miércoles, 16 de marzo de 2011

MILENIO DIARIO

¡No más toqueteos en el Metro!

Las usuarias celebramos que cada vez hay más espacios libres de manoseos, nalgadas, agarrones y arrimones en la Ciudad de México. Podemos decirlo con orgullo: ya no nos magullan cuando viajamos en ese transporte. Los vagones asignados para uso exclusivo de mujeres y niños se han convertido en sana costumbre.
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  • 2011-03-16•El Ángel Exterminador
Foto: Jorge Luis Menendez
México ha sido pionero al proporcionarles un lugar más seguro a las usuarias del Metro. Desde hace varios años en las llamadas horas pico (de 6 a 10 horas y de 17 a 22), se destinó un par de vagones para damas. Desde el 2000 la medida se oficializó y en 2007 se sumó un vagón más a la causa femenina. ¡No más toqueteos!
Así como en los toros, el Metro tiene su barrera y el villamelón que la cruce obtendrá sus consecuencias. Para los 4.5 millones que usan diariamente este medio de transporte, está latente la advertencia: si un varón se quiere pasar de la raya y se mete a los vagones que deberían ir pintados de rosa, será detenido por dos o tres elementos de la policía auxiliar. Y, si es necesario, será consignado a cualquiera de los cinco ministerios públicos que hay en el Metro, ya sea en Hidalgo, Pantitlán, Pino Suárez, Martín Carrera u Observatorio, en donde estarán felices de recibirlo. Eso le pasó a un hombre 46 años que iba disfrazado de mujer. El sujeto solía vestirse de esa manera para acercarse a sus presas: jóvenes a quienes manoseaba a su antojo. El tipo seguiría rondando aún por las once estaciones si no es porque una de sus víctimas lo denunció. La chica sintió que alguien le dio una nalgada, volteó a su alrededor y sólo vio a una señora de espaldas; luego una mano se metió descaradamente debajo de su falda y le apretó uno de sus glúteos. La acosada giró el cuello y vio que la señora entrada en carnes no se movía para darle la cara ni para salir del vagón, pues ya habían llegado a la terminal. Cuando se dio cuenta que en realidad se trataba de un hombre vestido de mujer, ella corrió, jaló la palanca roja, pidió auxilio, pero el individuo todavía alcanzó a apretarle la espalda y a tentar más allá de su derrière. David Mondragón Vargas, ingeniero en sistemas, fue llevado con las autoridades correspondientes.
En India no hay vagones exclusivos para mujeres; sin embargo, existe una especie de acuerdo comunitario: cuando un hombre molesta o agrade a una mujer, de inmediato varias señoras lo cercan y le propinan una lluvia de manotazos y coscorrones. La lección no se queda ahí, después de la pamba, lo conducen con la policía y lo obligan a que reflexione sobre su mal comportamiento.
Lo cierto es que el reino de las mujeres son tres vagones, en los cuales fluyen la cordialidad y el respeto. Las madres que llevan a sus hijos van menos tensas y seguras que si fueran en otra parte del tren subterráneo. Entre mujeres, auque sea por unos instantes, hay compañerismo, voluntad de diálogo y acercamiento a rostros desconocidos: “¿Baja en la próxima?”. No hay rigidez en el ambiente y cada una de las usuarias tiene claro hasta dónde es posible soportar el hacinamiento en caso de tener que viajar nalga con nalga. Y si de privilegios se trata, en estos furgones saturados de estrógenos los que llevan mano son los niños y las abuelas. Es la ley de las amazonas, quienes indulgentemente permiten que vaya uno que otro colado haciendo las veces de su compañero, padre o hijo.
Tomando en cuenta la experiencia chilanga, el Metro de Tokio se sumó a la iniciativa de vagones femeninos. Son famosas las imágenes en donde unos revisores enchaquetados y con guantes blancos empujan a la gente para que logre entrar en el reducido espacio. “Ahí va el golpe, vaaa”, es lo que dirían estos señores si vivieran en el DF. Con todo y su elegancia, los empujadores profesionales no distinguían sexo ni edad a la hora de apretujar carne humana. Por tal motivo, la capital nipona se sumó a la implantación de vagones para mujeres y así disminuyeron las denuncias sobre abusos y tocamientos a las usuarias. Y es que del roce no siempre nace del cariño.
Mary Carmen Sánchez Ambriz

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